sábado, 14 de agosto de 2010

DEMOS NUESTRO MEJOR EJEMPLO, LOS CHICOS NOS MIRAN!!!

VIOLENCIA DE GÉNERO

EL CLUB DE LAS MUJERES MUERTAS

A las que se rebelan,
no se callan
Las humildes
y las mansas
Las que imaginan cosas, imposibles,
el derecho a ser felices

A las que viven solas, pisoteadas
las que ya no esperan nada
A las desamparadas olvidadas,
las que caen y se levantan

Cuántas vidas humilladas
cuántas lágrimas calladas
lo más triste es la tristeza
en el club de las mujeres muertas

A veces porque miran,
porque callan,
porque piensan, se delatan
A veces porque cuentan,
porque lloran,
o porque no entienden nada

Hay quien perdona todo,
a quien las mata,
por un beso, una mirada
Hay quien lo espera todo, de quien ama,
y no pierde la esperanza.

Cuántas vidas humilladas
cuántas lágrimas calladas
lo más triste es la tristeza
en el club de las mujeres muertas

Quemadas, arrastradas por los pelos,
torturadas, devastadas,
violadas legalmente,
apuñaladas,
algún juez las mira y pasa

Dicen que tienen celos
y se nublan, que no saben lo que hicieron
y cuando beben dicen,
no ser ellos, yo soy yo más este infierno

Cuántas vidas humilladas
cuántas lágrimas calladas
lo más triste es la tristeza
en el club de las mujeres muertas


La adolescencia: Repercusiones afectivas
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El adolescente vive una difícil "postura existencial". Ello puede ayudar a comprender las "inestabilidades" y "vaivenes" emocionales a los que se ve sometido y que suele expresar en su conducta.

El adolescente suele tener una afectividad muy rica pero inestable; extremista en sus estados de ánimo (grandes alegrías y grandes tristezas) como si también en esto -como ocurre en el mundo intelectual- "quisiera probar de todo" y "a tope".

En efecto, vive todo de forma comprometida: se mete hasta el fondo. Es capaz de grandes depresiones o entusiasmos "irreflexivos". "Son capaces de lo mejor y de lo peor"...

A veces, se muestran irreflexivos, se angustian, o les entra el pánico y "salen con bobadas" de lo más pueriles.

Por eso, su conducta resulta "rara" y muchas veces "desconcertante". Podemos plantearnos el "porqué" de todo esto:

I. Ya hemos visto que gran parte de los cambios que se dan en el adolescente (los cambios corporales y sociales) tienen un denominador común en cuanto a consecuencias: les provoca angustia.

La angustia es uno de los fenómenos más frecuentes en el adolescente. Esta angustia a veces se expresa en forma de miedos, o de sentimientos de extrañeza, o en "nostalgias" (el adolescente que durante la noche se imagina que "sus padres no son sus padres", "que se mueren y él se queda solo"... etc.).

Otras veces se elabora en forma de rebeldía, de "depresiones", de soledad... etc.

II. Junto a la angustia, e inseparable de ella, surge la inseguridad. El adolescente se nota incierto ante sí y ante lo que le rodea, por eso es ambivalente frente a la mayoría de las cosas.

III. La inseguridad y la angustia, unidas a su capacidad de conceptualización, conducen al adolescente a un "meterse en sí mismo". Se vuelve introvertido y se plantea una serie de cuestiones acerca de él mismo: ¿Quién soy yo?, ¿qué quiero?, ¿adónde voy?. No le resulta fácil contestarse: no se comprende a sí mismo y por eso piensa que los demás tampoco le comprenden. Esto le desanima, duda de sí, se siente inseguro... y todo ello contribuye a que se aísle (se "encierra en su habitación"... etc.).

Esto no quita para que, frente a los demás, "mantenga el tipo" y se muestre fuerte, arrogante, incluso agresivo. Dará "contestaciones" a todo, expresará "convicciones" firmísimas... se convertirá en el prototipo de la edad difícil.

No hay que olvidar que esta manera de comportarse, excéntrica y rara, obedece a dos necesidades:

a) La de autoafirmarse y "sentirse alguien" en medio de su caos y angustia.

b) La de poner a prueba a los adultos.

IV. Esta situación afectiva incómoda del adolescente justifica -al vivir tan centrado en sí mismo- la aparición en esta fase de la vida de numerosos mecanismos de defensa a los que tiene acceso por su recién adquirida capacidad de conceptualización.

Los mecanismos de defensa más frecuentes utilizados por el adolescente y que explican alguna de las conductas que observamos en ellos, son:

- La fantasía (el "soñar despierto" imaginándose grandes, queridos, admirados...).

- La sublimación (eleva el móvil de sus acciones al no saber cómo enfrentarse con situaciones concretas y al alcance de sus manos: Es esta la época de las "vocaciones misioneras", del amor a la humanidad, del pensar en un mundo limpio y justo, de los "idealismos"...).

- La intelectualización (el "tener una razón" y "perderse en divagaciones y explicaciones" para todo).

- El ascetismo (el deseo de "poder" al cuerpo y así sentirse "controladores" de lo que les desconcierta). El deporte, la naturaleza, etc., cobran un nuevo sentido "finalista" a esta edad, ya no se practica sólo "por pasarlo bien".

EDUCACIÓN EN VALORES

http://www.juntadeandalucia.es/institutodelamujer/-Cuadernos-de-Salud-.html

jueves, 12 de agosto de 2010

LA ALEGORÍA DE LA CAVERNA

EL MUNDO DE SOFÍA






MODELAR A IMAGEN Y SEMEJANZA

Pigmalión en el cine

El cine ha tratado con profusión la idea del que intenta plasmar sus sentimientos, sus comportamientos y sus pensamientos en otras personas. Desde Pigmalión, que con sus propias manos modelaba la estatua para hacerla a su imagen y se enamoraba de ella, hasta La bella y la Bestia, varias veces llevada al cine, o el mito del Doctor Frankestein.

El efecto Pigmalión

La confianza que los demás tengan sobre nosotros puede darnos alas para alcanzar los objetivos más difíciles. Ésta es la base del efecto Pigmalión, que la psicología encuadra como un principio de actuación a partir de las expectativas ajenas. Las profecías tienden a realizarse cuando existe un fuerte deseo que las impulsa. Este principio de actuación a partir de las expectativas de los demás se conoce en psicología como el efecto Pigmalión.

Como en la leyenda, el efecto Pigmalión es el proceso mediante el cual las creencias y expectativas de una persona respecto a otro individuo afectan de tal manera a su conducta que el segundo tiende a confirmarlas.

La estatua de Pigmalión

Pigmalión rey de Chipre, además de ser sacerdote y rey, era también un magnífico escultor. Su obra superaba en habilidad incluso a la de Dédalo, el célebre constructor del laberinto. Durante mucho tiempo, Pigmalión había buscado una esposa, cuya belleza correspondiera con su idea de la mujer perfecta. Al fin decidió que no se casaría, y dedicaría todo su tiempo y el amor que sentía dentro de sí a la creación de las más hermosas estatuas. Ofrecería después sus obras maestras a Afrodita. Era tal la fuerza del sentimiento y de la inspiración cuando trabajaba el mármol, que su mano parecía guiada por un poder mágico. La primera estatua fue la de una joven, a la que llamó Galatea, tan perfecta y tan hermosa, que Pigmalión se enamoró de ella perdidamente. Soñó que la estatua cobraba vida.

Ovidio poetizó así el mito en el libro X de las Metamorfosis: «Pigmalión se dirigió a la estatua y, al tocarla, le pareció que estaba caliente, que el marfil se ablandaba y que, deponiendo su dureza, cedía a los dedos suavemente, como la cera del monte Himeto se ablanda a los rayos del sol y se deja manejar con los dedos, tomando varias figuras y haciéndose más dócil y blanda con el manejo. Al verlo, Pigmalión se llena de un gran gozo mezclado de temor, creyendo que se engañaba. Volvió a tocar la estatua otra vez, y se cercioró de que era un cuerpo flexible y que las venas daban sus pulsaciones al explorarlas con los dedos.»

Pigmalión despertó: en lugar de la estatua se hallaba Afrodita en persona, que le dijo «Mereces la felicidad, una felicidad que tú mismo has plasmado. Aquí tienes a la reina que has buscado. Ámala y defiéndela del mal».

George Bernard Shaw. (Irlanda, 1856-1950)

Es considerado el autor teatral más significativo de la literatura británica posterior a Shakespeare. Fue un incisivo crítico social y el mejor crítico teatral y musical de su generación. La primera obra teatral de Shaw, Casa de viudas (1892), una ácida burla de las convenciones del romanticismo, se publicó en el volumen Teatro agradable y desagradable (1898), que reúne sus siete primeras obras para la escena, las otras eran Cándida, Fascinación, El hombre del destino, Trata de blancas y Lucha de sexos, que, o no fueron representadas en su momento, o duraron muy poco en cartel, y una de ellas, Trata de blancas fue censurada por su supuesta obscenidad.

Un poco mejor fue la andadura de una de sus Tres obras para puritanos (compuesta por El discípulo del diablo, César y Cleopatra y La conversión del capitán Brassbound), publicadas en 1901. En su siguiente obra, Hombre y superhombre (1903), transformó la leyenda de Don Juan en obra de teatro, titulado Don Juan en los infiernos. Junto con La otra isla de John Bull (1904), ácida sátira del carácter irlandés, fueron frecuentemente representadas.

En La comandante Bárbara (1905, llevada al cine) y El dilema del doctor (1906), el autor irlandés continuó mostrando, a través de la comedia, la complicidad de la sociedad con sus propios males y defectos. Con las obras que siguieron a estas Llegando a casarse (1908), Matrimonio desigual (1910) y La primera obra de Fanny (1911), Shaw comenzó a acercarse a lo que podría llamarse la farsa seria, una comedia intelectual con su habitual torrente de diálogos, pero en la que introdujo elementos no realísticos. El autor dejó entrever su lado más místico en El compromiso de Blanco Posnet (1909), que trata de la súbita conversión de un ladrón de caballos, y en Androcles y el león (1913), en la que discutió sobre la verdadera y la falsa exaltación religiosa. Su pieza cómica Pigmalión (1913), que se presenta como una comedia divertida e ingeniosa, fue escrita como introducción didáctica a la fonética, pero en realidad trata del amor y contiene numerosos elementos de crítica social, como la explotación de un ser humano por parte de otro. La obra obtuvo un éxito inmediato.

Intentando escapar del pesimismo de la postguerra, Shaw escribió cinco piezas teatrales cortas en forma de parábola, muy relacionadas entre sí, y que fueron reunidas bajo el título general de Volviendo a Matusalén (1921). Por su obra Santa Juana (1923), en la que convirtió a Juana de Arco en una mezcla de mística pragmática y santa hereje, el autor irlandés recibió en 1925 el Premio Nobel de Literatura.

La película: Pigmalión, Pygmalion

Reino Unido. 1938. 95 min. B/N.

Director: Anthony Asquith, Leslie Howard.

Montaje: Harry Stradling Sr.

Guión: W.P. Lipscomb, Ian Dalrymple, Cecil Lewis, sobre la obra de George Bernard Shaw.

Música: Arthur Honegger.

Intérpretes: Leslie Howard, Wendy Hiller, Wilfred Lawson, Marie Lohr, Scott Sunderland.

Sinopsis: El profesor Higgins, especialista en fonética, queda impresionado al oír hablar a Elisa, una joven vendedora de flores. Es entonces cuando toma la decisión de realizar un experimento profesional, convirtiendo a la vendedora de flores en una respetable dama de la alta sociedad. Pero el trato de Higgins hacia la nueva señorita no es del todo correcto; al profesor sólo le preocupa la dicción, el perfeccionamiento de la voz, y los exquisitos modales adquiridos por Elisa.

Oscar 1938: Mejor guión.

My Fair Lady

EE.UU. 1964. Musical. Color.

Director: George Cukor.

Música: Andre Previn, Frederick Loewe.

Montaje: Harry Stradling Sr.

Guión: Alan Jay Lerner, según la obra de George Bernard Shaw.

Intérpretes: Walter Burke, John McLiam, Henry Daniell, Wilfrid, Hyde White, Audrey Hepburn, Rex Harrison, Lily Kemble-Cooper, Isobel Elsom.

Sinopsis: Un conocido profesor de fonética, tras conocer a una descarada florista, apuesta con un amigo que es capaz de convertirla en una dama después de enseñarle a hablar y a comportarse correctamente.

Oscar 1964: Mejor director, Mejor actor, Mejor película.

Hacer a imagen y semejanza. Frankenstein en el cine

El cine ha convertido a Frankenstein en un mito popular creando cierta confusión sobre el personaje, mientras que su autora Mary Shelley ha sido hasta hace poco una desconocida. El expresionismo alemán ya se acercó al mito con una de las grandes obras del cine de terror, El golem (1920) de Paul Wegener: la historia de un rabino que dota de vida a una escultura de barro, ésta se convierte en un monstruo que siembra el pánico y es al final vencido por la inocencia. Pero es Dr. Frankenstein (1931) de James Whale la primera versión cinematográfica de la novela de Mary Shelley. Whale se inspiró para su estética en El gabinete del Dr. Caligari, obra mítica del expresionismo alemán rodada en 1919 por Robert Wiene y eligió a Boris Karloff para interpretarlo.

Otras películas recuerdan indirectamente el mito. En El espíritu de la colmena (1989), Víctor Erice establece ciertas semejanzas entre sus personajes y los de Whale al introducir un fragmento de Dr. Frankenstein. Seguro que al leer la novela de Mary Shelley y ver cómo la criatura se va haciendo, cómo va adquiriendo el lenguaje y conciencia de lo que puede hacer con su cuerpo, vienen a nuestra mente imágenes de El pequeño salvaje, de El enigma de Gaspar Hauser, de La bella y la bestia, de Blade Runner y de muchas otras.

El coleccionista

El protagonista de esta película rapta a una chica pensando que puede cambiar su afecto mediante la violencia. Es un análisis del «síndrome de Estocolmo», que se aprecia cuando los secuestrados acaban viendo con muy buenos ojos y justificando la actitud de sus captores.

EE.UU. 1965. 114 min. Color.

Director: William Wyler.

Música: Maurice Jarre.

Intérpretes: Terence Stamp, Samantha Eggar.

Sinopsis: La película es la adaptación de una novela de John Fowless, escrita en forma de diario con dos puntos de vista: en primer lugar el de un aburrido empleado de banca que se dispone a realizar su más preciado sueño: raptar a la joven de quien siempre ha estado enamorado y, en segundo lugar, el punto de vista de la joven secuestrada, una estudiante de arte que de la noche a la mañana ve como su vida cambia por la actuación de un demente. El coleccionista explora a fondo el denominado síndrome de Estocolmo, ya que la máxima pretensión del secuestrador es que la joven acabe albergando hacia él los mismos sentimientos que él expresa hacia ella.

Garaje Olimpo

Argentina. 1999. 98 min. Color.

Director: Marco Bechis.

Intérpretes: Antonella Costa, Carlos Echeverría, Dominique Sanda, Chiara Caselli, Enrique Piñeyro, Pablo Razuk, Paola Beches.

Sinopsis: Buenos Aires durante la dictadura militar. María vive con su madre, Diana, en una gran casa en decadencia que necesita urgentemente ser reparada. Algunas habitaciones están alquiladas y en una de ellas vive Félix, un joven tímido, enamorado de María, y que parece no tener ni pasado ni familia. Trabaja de vigilante en un garaje, al menos eso es lo que el dice. En los primeros momentos de la represión argentina, María es detenida y Félix es uno de los torturadores. María se enamora del torturador. Esta relación, con frecuencia sadomasoquista, a veces incluso romántica, es el único dato levemente esperanzador en una trama negra, donde los lacayos de los milicos se aprovechaban abyectamente (económica, moral, sexualmente) del poder que el pueblo había depositado en ellos.

Una historia de dolor y humillación protagonizada por un verdugo y su víctima que, según avanza, se hace dolorosa hasta casi lo insoportable.

PIGMALION

Pigmalión y las utopías educativas

Una antigua leyenda griega cuenta que Pigmalión, escultor magnífico, creó una estatua de una mujer tan bella que se enamoró perdidamente de su obra. Afrodita, la diosa del amor, se conmovió y le concedió vida a la escultura.

Esta historia ha sido muchas veces tomada como una metáfora de la educación o, al menos, de las fantasías asociadas a ella. Vale la pena analizarla, y recorrer además algunas recreaciones de esa historia en la literatura y el cine.

La leyenda de Pigmalión

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Fundamentalmente, el relato se vincula al poder de moldear a los discípulos, como si fueran una materia prima adaptable a las expectativas del maestro.

El encanto de la leyenda clásica fue recreado por Bernard Shaw (1856-1950) en la obra de teatro llamada Pigmalión. La obra fue un éxito teatral enorme y, más tarde, dio origen a una de las comedias musicales más bellas de todos los tiempos, Mi bella dama, dirigida en el cine por Georges Cukor y protagonizada por Audrey Hepburn y Rex Harrison.

La obra cuenta la historia del profesor Higgins, un especialista en fonética que –para probar la fuerza de su saber– asume el desafío de metamorfosear a una bella florista, que se expresa en un leguaje vulgar, en una “bella dama”. El experimento, que somete a la pobre Eliza Doolitle a métodos más que rigurosos, es un éxito. Claro que, en el proceso, el profesor resulta tan transformado como su discípula. (Un interesante coloquio sobre el film entre José Luis Garci y José Luis Sacristán puede verse en YouTube; también se pueden ver algunas de las escenas más memorables de la película.

La obra recrea la historia clásica pero la actualiza al introducir una cantidad de cuestiones que tienen que ver con los problemas de la educación y la sociedad contemporáneas: los códigos lingüísticos y de comportamiento como indicios de la inserción social de los sujetos, el autoritarismo y la pedagogía, el acceso de las mujeres a la educación y la cultura, las barreras entre “cultura de élite” y “cultura popular”, entre otras.
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Estos temas reaparecen, desde una perspectiva más actual, en la película Educando a Rita (1983), protagonizada por Michael Caine y Julie Walters (la imagen de la izquierda es de esa película). Un profesor de literatura, alcohólico y escéptico, reencontrará el sentido de su trabajo a través de Rita, una peluquera que busca superar –por medio de los cursos de la universidad abierta– los límites que le imponen su trabajo agobiante y un matrimonio en crisis.

Claro que nada más lejos de Rita que la pasividad del mármol ante el escultor Pigmalión, o la docilicidad con que Eliza obedece al severo profesor Higgins. En este caso, es la discípula la que azuza al indolente profesor, siempre predispuesto a refugiarse en sus prejuicios.

Educando a Rita suma nuevas problemáticas al planteo original. Por solo citar algunos de los planteos presentes en la obra, podemos referirnos a la educación de los adultos, las secuelas de la transformación de la protagonista en su estructura familiar, los vínculos del docente con la institución en la que trabaja, etcétera. Todos estos temas hacen de esos filmes un material interesante para el debate dentro y fuera del aula (aquí una guía para orientar la discusión).


Una pregunta recurrente

La prestigiosa tradición que estamos revisando replantea una pregunta inevitable desde la práctica educativa: ¿Hasta qué punto es adecuada esta idea del docente como aquel que “cincela” a sus estudiantes de acuerdo con un ideal? La pedagogía moderna ha contribuido a erradicar los modelos que pensaron al educando como un sujeto pasivo y meramente receptivo. Quienes enseñan saben que cada alumno trae consigo un bagaje de experiencias previas que es imprescindible considerar para que el proceso de enseñanza-aprendizaje resulte exitoso.

Al reflexionar sobre los riesgos de pasar por alto estas premisas, nos acercamos a otra tradición legendaria, la del Golem, que también narra la historia de la obra que cobra vida. Sin embargo, el relato se desarrolla de manera bastante más siniestra. En la tradición judía, el Golem es la obra de un rabino que, emulando a Dios, moldea una criatura de arcilla y, a través de procedimientos mágicos, le insufla vida (para más información sobre la leyenda del Golem y sus derivaciones en la cultura popular moderna puede consultarse esta entrada de la Wikipedia). El objetivo del rabino era crear un ser capaz de defender a su gente de la inminente persecución antisemita. Sin embargo, un error en el proceso hace del Golem un ser primitivo, a veces violento y siempre incapaz de acceder al lenguaje. El Golem es un ser despojado de la capacidad de simbolizar y comunicar, ya que carece de alma.

La leyenda puede ser leída como una metáfora de la soberbia –encarnada en el mago que quiere emular a Dios– y su drama ha inspirado numerosas obras de arte. Borges, por ejemplo, se ha inspirado en este tema y señala que la historia es también una metáfora de la relación entre el poeta y el poema, y de la imposibilidad de alcanzar el ideal de la obra perfecta. En el poema que le dedicó al Golem, el célebre escritor pone en escena los inútiles esfuerzos del rabino por educar al muñeco: “El rabí le explicaba el universo/ ‘esto es mi pie; esto el tuyo, esto la soga’/ y logró, al cabo de años, que el perverso/ barriera bien o mal la sinagoga.” (El poema se puede escuchar aquí, leído por el autor.)

También el cine se ha ocupado de esta leyenda: en 1920, Paul Wegener estrenó una versión de El Golem, que es considerada una joya del expresionismo alemán.

Las historias de autómatas han recreado una y otra vez esta idea en las formas más variadas. Desde el Frankenstein de Mary Shelley o el temible Cesare, de El gabinete del Dr. Calligari (ver abajo el video) (1920), o el simpático Pinocho e incluso figuras desopilantes como el robot Jaime en el Superagente 86… Los personajes emparentados con la tradición del Golem han poblado la fantasía de los creadores en la literatura, el cine y la TV.

Como decíamos al principio, Pigmalión y el Golem se pueden ver como dos versiones contrapuestas de una idea semejante: la ilusión del poder absoluto en la formación del otro. Ambas abrevan en una figura del maestro como un ser omnipotente y, en ciertas versiones, como la del profesor Higgins, decididamente manipulador.

Sin embargo, también en la pedagogía contemporánea el nombre de Pigmalión aparece ligado a la enseñanza en términos más positivos. Un experimento realizado por Rosenthal demostró que cuando los docentes tienen mayores expectativas respecto del rendimiento de sus alumnos, estos efectivamente logran desempeñarse mejor, ya que se sienten más estimulados.

En definitiva, este diagnóstico vuelve a ponernos ante el desafío que todo docente encara día a día: el de encontrar el camino –siempre misterioso– que nos permita estimular en los chicos el deseo de aprender, de desarrollarse intelectualmente y de internarse con nosotros en la aventura del conocimiento.